Una mesa preparada para un comensal.
Una película solo.
Fregar un plato para poder cenar.
Una discusión con la pared.
No esperar a nadie.
Un viaje sin hablar.
Una cama revuelta por una persona.
Una bolsa de basura por semana.
El gesto torcido
martes, 31 de marzo de 2009 en 10:06
Confesión (III)
miércoles, 11 de marzo de 2009 en 17:44
Hoy me he despertado no tan descansado como debería, sino agitado y asustado, como si el mundo se me fuera a caer encima de un momento a otro.
Sí, me duele recordar todo lo que pasé hace demasiado tiempo. Y no tiene solución, porque me fastidia muchísimo más haber perdido esa época y esa edad, que el haber sido durante tantos años el foco de todas las atenciones y frustraciones de una panda de energúmen@s (sí, ellas también) que han demostrado no saber aprovechar absolutamente nada de su vida. No vale la pena el esfuerzo de intentar recuperar a mi edad todo aquello que no hice a los 13 o 14, y he aprendido a vivir con el dolor, apartando todos aquellos recuerdos que me molestaban o me incomodaban.
He vivido más años como soy ahora que de otra forma. Es más, he vivido así los años en los que se formó mi persona, así que poco importa lo que queda de aquel chiquillo gordete y con granos y en el que todo el mundo se fijaba para ver qué podía ridiculizar.
No tuve ni una infancia ni una adolescencia feliz, fue dura y áspera, y me hizo parecer así: duro y áspero, pero un flan por dentro. Me llena de desazón que ni siquiera mi ex se atrevió a hacer lo necesario para saber quién era yo realmente: hacer un agujerito en la corteza y probar el interior.
Y cuidarlo, porque creo que vale la pena.
El escorpión
viernes, 27 de febrero de 2009 en 10:46
Unas cuantas verdades
lunes, 9 de febrero de 2009 en 15:33
- ¿Por qué aguantaste tanto?
Casi parecía que la pregunta me golpeara la cara como un bofetón. No me la esperaba. Siempre que surgía algún problema con mi ex, me había parecido tan evidente que había que aguantar, que el plantearme simple y llanamente que aquello debería tener un límite desmontaba todos mis esquemas. Y aún ahora que me he propuesto simple y llanamente no llegar nunca al límite y plantarme mucho antes, me doy cuenta que una cosa es proponerse hacer las cosas, y otra muy distinta hacerlas.
- ¿Cómo dices?
- Es muy fácil: notabas que no estabas bien con tu ex; que sin entrar a discutir las razones, aquello no iba a ningún lado; y sin embargo seguiste adelante… ¿Por qué?
¡Já! Ahora sé que aquello estaba mal encaminado y viciado desde el principio, pero hubiera querido saber si se podía ver antes, metido en el follón, cuando no sabes absolutamente nada que no sea lo que estás haciendo, porque te falta algo con lo que comparar, porque en tu infinita bondad pecas de buenazo-tonto, porque tu poder racional te dice que a lo mejor estás equivocado y encima te sientes culpable por pensar en ti…
- Bueno, lo he descubierto ahora. Más vale tarde que nunca.
- ¡Vaya consuelo! Has perdido la porra de años por no darte cuenta de ello, y nadie te los va a devolver.
- Ya lo se. Pero las relaciones personales nunca son fáciles. Pensaba que debían ser así, trabadas, complejas, con mucho vaivén. ¿Cómo podía diferenciar un problema puntual de un cataclismo?
- Jo, pues preguntando, hablando, comentando, ¿no? Es lo que hacemos todos.
Y por primera vez, creo que ahí estaba, delante de mis narices, la solución… Hablar, contar,… Y como no podía ser menos, también apareció la fría garra del miedo apretándome las entrañas sólo de imaginarlo…
Año Nuevo, Vida Nueva
lunes, 26 de enero de 2009 en 16:08
Todos corren, todos hablan, todos se quejan, todo es un caos, todo está mal organizado, todo está en tu contra, todo te parece complicado, todo... todo... todo... Al final ese todo pierde su esencia y su razón de ser. "Todo" significa sin excepción, sin "pero", sin nada que se salga de la definición, y normalmente eso no es así. "Todo" te incluye a tí, eterno quejica. Eres parte del todo. Si todo es una mierda, eso te incluye a tí, idiota.
Pero lo que es peor, es que esos pensamientos negativos te pueden, quieras o no. Te cambian el humor, te cambian tu forma de ser, te vuelven un ser gris y repulsivo, te anulan. Encierran tu ser en una coraza que se endurece, que te presiona, que te dificulta los movimientos. Te quedas anquilosado, varado en tu sitio, sin esperanzas de que suba la marea para poder navegar otra vez.
Lo sé porque me estaba pasando. Me estaba encerrando otra vez. Me estaba dejando ir en medio del fondo gris de mi vida. Era cómodo. No tenía sobresaltos, no me agitaba, no me agobiaba... Sobrevivía. Justo lo contrario que intentaba hacer. Me había propuesto vivir en lugar de sobrevivir. Y me estaba conformando con sobrevivir en lugar de disfrutar de cada momento.
Creía que estaba haciendo bien las cosas, intentando estar tranquilo, en paz, buscando un equilibrio que hacía tiempo que perdí. Pero me pasé. Confundí lo que estaba haciendo. No es fácil descubrir si el equilibrio sucede porque tienes el mismo peso en los dos platillos de la balanza, o porque estás tan hundido que arrastran por el suelo. Y eso era lo que estaba pasando.
Otra vez a empezar...